miércoles, 21 de diciembre de 2016

El tercer pasajero

En la escena de develación del Alien del clásico del mismo nombre, el director Ridley Scott decidió no contarles a los actores como serían los efectos especiales de la manifestación de la criatura, que es el octavo pasajero de la tripulación. En el guión simplemente decía "y la criatura emerge". Por lo mismo, las reacciones de sorpresa, desmayo, asombro y susto de los actores que se ven en la toma, son completamente genuinos. Y ya saben lo que dice el refrán, a veces las cosas son stranger than fiction.

Algo parecido sucedió semanas atrás cuando fui a hacerme los exámenes ginecológicos de rutina y, llegado el momento de la ecografía intra, el dr. me informó que había un pequeño detalle no conocido por mi persona, y que resultaba por completo inesperado: un minúsculo alien de unas cuantas semanas estaba muy acomodado haciendo su cuartel general en mi cuerpo. "Epa, hola mamá!" dijo el dr. Yo por un segundo pensé que mi señora madre entró al recinto. Pero no.

Tengo que admitirles que después de boquear como surubí fuera del agua por lo que pareció una hora lo primero que se me ocurrió preguntarle al dr. era si estaba seguro, a pesar de estar mirando yo misma en la pantalla, pero para serles sincera, como nunca vi como se ve un bebé de 6 semanas en la panza, para mi era un manchón negro con un punto blanco adentro.

El dr, amable, y muy paciente para estar lidiando con una despistada semejante, me miró y me dijo, "vamos a probar algo", apretó un botón en el ecógrafo y...

Tum-tum, tum-tum, tum-tum, resonó el corazón más fuerte que escuché en mi vida. Tuve miedo que escuchen en la calle. Tuve miedo. Punto.

En 6 meses serán 9 años que el esposo y yo estamos casados, 9 años de ser solamente nosotros, a veces con pesar, y a veces con alivio. Sobre este punto escribí mi postura aquí y aquí, y creo que traté de ser clara en que el tener hijos es algo personalísimo, y de lo cual uno no debe inmiscuirse a menos que los involucrados le inviten a la conversación (pea he'ise no te metas y no preguntes a la gente que no tiene hijos. Nunca sabes el porqué y cuanto o no les resulta penoso).

Pero en 6 meses ya no seremos solamente nosotros. Y eso es lo que me cayó como una tonelada de ladrillos en la cama del ecógrafo, enterándome de la completa nada que el día anhelado, temido, soñado, evitado, orado, había llegado finalmente. Es un miedo que no conocía. Comenzas a moverte como si tuvieras que caminar sobre cáscaras de huevo, porque de repente no importa si vos te lastimás, pero sos portadora de la carga más valiosa sobre la Tierra. Cambia la órbita. 

Y por supuesto y considerando todo el tiempo que se tomó este pasajero en sumarse a esta tripulación, lo primero que hice es comenzar a leer todo lo que encontré para adecuarme a un tema en el que soy completamente ignorante y tratar desesperadamente de ponerme al día en mi educación sobre todo lo que engloba (literal y figurativamente). Cada día desde entonces estuvo cargado de más datos del que actualmente mi cerebro se siente capaz de retener -porque por alguna razón se mueve como bus trancado en el barro después de una tormenta- y de mareos y náuseas que se manifestaron tarde, pero llegaron como para tirarle por la borda al marinero más experimentado, además de cambios de humor que me hacen llorar con sollozos al escuchar villancicos navideños. Qué época mágica!

Aunque no ahondaré en esos detalles por ahora. Tenemos largos meses por delante para dejar por escrito en este digno espacio toda esta exhilarante experiencia. Cuando le ví y escuché por primera vez, Poroto era chico como un grano de arroz, pero estaba VIVO. Y está a nuestro cargo y cuidado. No puedo imaginarme responsabilidad mayor. No duermo (de noche, porque de día duermo todo de balde) pensando en el abrumador peso de esa responsabilidad y como me quema el corazón el anhelo de honrarla.

Para estar a la altura de semejante desafío, vamos a necesitar todo el favor de Dios. Y una buena cuota de pensamientos felices. Y ahí es donde les necesito a ustedes.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Auxilio!

El día de hoy tuve una de esas experiencias confrontadoras con la muerte que le hacen a uno replantear sus prioridades en la vida y reflexionar sobre cosas tan fundamentales como el corte de pelo definitivo, y demás. Y consideré justo y necesario venir a este mi rincón sagrado y custodio de mis historias para dejarlo disponible ante todo el que quiera leer. 

Resulta que en mi más cercano anillo de amistades, una de ellas es una reconocida empresaria, de muy alto vuelo ella, a quien me referiré únicamente como la arquitecta, con el fin de preservar su identidad del bochorno que vengo a narrar el día de hoy. La arquitecta, muy regia, ocasionalmente me permite acompañarle en sus trámites diarios en calidad de secretaria, ataja cartera, proveedora de comentarios mordaces y cebadora de mate o tereré.

En cada una de estas ocasiones me esfuerzo en verme lo más presentable posible, no vaya a ser que en una de esas andanzas por los círculos de la más alta alcurnia asuncena, me vaya a tropezar con Teresita Codas viendome cual Thalía en María, la del Barrio, arriesgando su desaprobación y avergonzando así a mi distinguida amiga. No me lo perdonaría jamás.

En todo caso, nos encontrábamos esta mañana en una de esas salidas, cuando abandonamos un shopping que se encuentra haciendo remodelaciones. Muy pituca y con mis mejores galas, caminaba yo al lado de mi amiga, e íbamos riéndonos de algo y comentando muy entusiasmadas la actividad del día, cuando al salir del ascensor vemos que la arquitecta había salido un piso antes del subsuelo al que nos dirigíamos. 

Considerando que teníamos que bajar aún un subsuelo más, apretamos el botón, solo para descubrir que los ascensores ya no pararon en nuestro piso. Misterio. Qué hacer? Mi amiga, en cuyas abundantes virtudes no figura la paciencia, me arrastra del codo diciendo "ahí hay un cartel que dice Salida, vamos por las escaleras". Sin ocasión de protestar le seguí, cual cordero rumbo al matadero. Hubiera imaginado que en las películas estas cosas nunca terminan bien.

Frente al cartel de "Salida" había una puerta que daba a las escaleras, que empujamos para encontrarnos en una zona que evidentemente no estaban usando habitualmente, regada de escombros y con un olor a cloaca que marchitaría la nariz del más valiente. Detrás nuestro se cerró la puerta, y procedimos a bajar las escaleras, que con cada escalón se llenaban más y más de escombros, polvo, un líquido de procedencia no identificada, y mi pánico creciente. Y ahí fue que cuando llegamos al piso, en medio de lo que parecería el escenario de una explosión, la arquitecta empuja la puerta de salida, para darse cuenta que..estaba trancada.

Nunca una que reconocería una decisión pobremente tomada, mi amiga revoleó la cartera, pegando saltitos entre los escombros, declarando "estos inútiles trancaron. Vamos de vuelta". Para ese momento un sudor frío comenzó a bajar por mi nuca y el leve pánico de la premonición empezó a tomar control de mi, pero para no quedar como la exagerada, subí detrás dando saltos de bailarina frustrada entre los ladrillos rotos.

Llegamos al lugar donde comenzamos, cuando mi amiga empuja la puerta y...trancada. Estábamos encerradas. Conque así es como iba a llegar mi fin en esta tierra. En las entrañas de un shopping y rodeada de escombros y olor a cloaca. Esto fue demasiado.

Despavorida, claustrofóbica y pasando mi vida delante de mis ojos, sabiendo que la recepción del celular desaparece cuando el techo es de hormigón, estando 20 metros bajo tierra, analizando que no tenía una gota de agua potable conmigo y ni tan siquiera un chicle mentolado para subsistir, me tiré por la puerta, pegando con mis dos puños y gritando a todo pulmón y con toda la fuerza de mi voz: "AUXILIO!!!!!!".

En eso me doy cuenta de que mi amiga está doblada y sacudiéndose. Aterrorizada y pensando que estaba teniendo un colapso nervioso, del miedo, dejo de golpear y le miro. La arquitecta estaba llorando de risa.

Ofendida, me quedé viéndole mientras ella comenzaba a subir otro piso de escaleras, un mar de carcajadas. Yo le seguí, a los gritos, "TODO está trancado, necesitamos que nos rescaten!!!!". Finalmente, llegamos a la nueva puerta y empujamos, hasta que abrió.

Salí a la luz del día tropezando, descreída de tamaña gracia. El mundo tenía otro color. Pero no terminó allí. Volvimos a tomar el ascensor y esta vez llegamos sanas y salvas al vehículo, donde partimos al próximo destino. Así bajamos en un nuevo estacionamiento, donde ví la vidriera de Swarovski, engalanada con su nueva colección de accesorios, y me acerqué a admirar un collar en particular hermoso.

Entusiasmada, llamé a mi amiga a que se acerque también, y embelesada por la joya en particular fui acercando la cabeza a la vidriera, más cerca, más cerca, más cerca...

PUM

Me pegué la cabeza con la vidriera de Swarovski. Yo. Si.

Miré con toda la verguenza, mía y la de las víctimas de su propia torpeza en la humanidad, mientras la vendedora me veía con cara de espanto. Era de esas vendedoras que siempre te hacen sentir que no sos digna de comprarte ni un llavero de la tienda tan elegante que atiende. Era el cúmulo. Decidí fingir demencia.

Me paré lo más derecha posible, con la nariz apuntando al cielo, con el puño para arriba, sosteniendo la cartera en mi codo. Pasé por encima de la arquitecta, que estaba nuevamente doblada, deshecha de risa y entré a la tienda más cercana.

Creo que no seré invitada nuevamente a ser dama de compañía por un buen tiempo. Y creo que mi amiga continúa riéndose, en su casa.



lunes, 30 de mayo de 2016

Gracias a Dios por la mala memoria

Dice don Gabo García Márquez que "La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado". Y pocas veces creo haber encontrado una definición tan exacta para lo que creo que le pasa a mi memoria.

Tengo que confesarles que Dios me bendijo (a veces parece lo opuesto, pero no) con una terrible memoria. Lo curioso de esto, sin embargo, es que aparentemente y luego de muchos años de contemplación, llego a la conclusión de que mi memoria es mala pero de manera selectiva.

Me explico: Hay cosas de las que tengo recuerdos tan vívidos que si cierro los ojos puedo volver a ver tal o cual momento, por muchos años que hayan pasado, pero hay situaciones y circunstancias donde por mucho que me esfuerce solamente me quedo empantanada en los pasillos de mi cabeza, sin poder recordar nada de lo que alguien está rememorando.

Y creo que esta condición mía es una bendición porque viene a ser de extrema utilidad en el matrimonio. Porque de no ser por la mala memoria selectiva, vaya Dios a saber donde estaríamos.

En unos días más el esposo y yo deberíamos cumplir 8 años de casados, saliendo así del séptimo año que según la superstición supone un hastío tal que te hace querer salirte lo antes posible de esta trampa en la que te metiste voluntariamente. Sin embargo, no llegamos a este aniversario sin nuestra cuota de discusiones y encontronazos. 

Reflexionando sobre esto vengo a darme cuenta de que, ni bien tenemos una pelea  yo salgo con el puño levantado a los cielos prometiendo que uno de estos días mando todo al Congo, para 24 hs después pensar que no era tan terrible después de todo, y para días después, tratar de quejarme con mis íntimas amigas y no recordar del todo los detalles de la trifulca que en su momento fue atómica. Pasado un mes no recuerdo el porqué habíamos peleado en un principio.

Por supuesto, la fórmula no es exacta y hay situaciones mucho más extremas que otras. Pero no deja de llamarme la atención. Y no soy indiferente al hecho de que sea mi mala memoria o la de él, ésto muchas veces nos mantuvo en casa cuando una explosión nos quiso hacer correr.

Porque ni siquiera se aplica a las peleas solamente. Me olvido de las cosas que hace que no haría ni bajo electrocución si fuéramos novios. Me olvido de los tropiezos de la rutina y de los hábitos que le salen cuando no sabe que le estoy viendo. Me olvido de las tristezas y me acuerdo más y más brillantemente de las alegrías.

Hey, hasta me olvido de cosas que no tienen nada que ver con mi matrimonio. Me pasa con todo aquello que supone un recuerdo no enteramente grato. Ahora, cuando paso por una circunstancia que me generó mucha angustia o dolor, o tristeza, me quedo tranquila porque sé que es una cuestión de tiempo (normalmente, corto) para que esa situación y las personas involucradas no sean más que una evocación borrosa en el fondo de mi memoria obstinada en preferir retener lo bueno.

No digo que sea perfecto ni mucho menos que se aplique a la gente cuyo matrimonio es una pradera ondeada e impecable por donde los cónyuges corren tomados de la mano, maravillándose en su propia dicha. Digo que es bueno para mi, donde en mis debilidades e imperfecciones, se fortalece algo que es mucho más grande que yo, y que no depende de mi corta visión de las cosas.

martes, 1 de marzo de 2016

De actualizaciones, la vida y un bol de pomelo

Gran porcentaje del contenido de este blog descansa en la figura del esposo, que año tras año ha proveído concienzudamente -y a veces no tanto- a que se sostenga esta colección hilarante de historias que testifican este período de mi vida.

El otro día una muy amable lectora se preguntaba, arrobándome en Twitter: "qué habrá pasado de ña Pao de #casadayviva?". Yo recibí la mención y le respondí, muy agradecida de que alguien recuerde este modesto espacio de escritura: "sigo ambas cosas. Saludos". Y es que esa era la respuesta más fehaciente de la que fui capaz en ese momento. Estoy casada, estoy viva. A veces quizás con la impresión de una cosa más que la otra, pero uno sigue. De eso se trata la vida, sospecho.

En síntesis y para ponerles al día desde el último posteo de setiembre: terminamos el año a tumbos, cerrando un compromiso laboral de mi parte que requirió todas las energías que poseía y quizás hasta un poco de las de quienes más de cerca me rodeaban. El esposo, como siempre, con su trabajo de publicista, lo cual le apasiona y le llena.

Y hablando de llenura, no sólo era la carrera del esposo la llena. También los pantalones, shorts, remeras y camisas comenzaron a verse especialmente rebasados a eso de diciembre pasado, llegando a límites ligeramente alarmantes. El acabóse llegó de boca misma de mi presidente, quien declaró luego de verse en una foto: "estoy muy gordo", con lo que finalmente se procedió al inicio de la "operación desinfle" que se encuentra en pleno apogeo actualmente.

Ahora, toda esposa que se precie sabe que no hay muchas probabilidades de éxito en ningún régimen de alimentación saludable que no incluya a todos los habitantes de un hogar. Es una cuestión matemática. Mientras más división de menúes haya,  existen menos posibilidades de que el que está a dieta permanezca en ella. No tiene nada que ver con machismo, es una realidad que simplemente se da así.

Entonces, si el esposo tiene que comer un bol de pastito con cartón corrugado al lado y yo me siento con una pizza chorreante de queso, la dieta del esposo va durar exactamente el tiempo que le tome tirar su pasito y cartón a la basura y agarrar mi pizza. Se debe presentar un frente unido en pos de alcanzar la victoria. Así que con la frente en alto y las cabelleras al viento (quizás no tantas cabelleras, yo me corté el pelo corto y el esposo es pelado) procedimos a iniciar el plan alimentario con un moderado éxito que ya arrojó el nada despreciable resultado de casi 5 kilos perdidos por mi estimado -y que espero no vuelva a encontrar-.

Para hacer sustentable este estilo de vida, debe haber en todo tiempo todo tipo de alimentos saludables en la heladera, a disposición del susodicho y de mi persona. Por lo mismo, y entre la variedad de fruta y verdura que había, se preparó un bol grande de pomelo en gajos. Todo peladito y sin semillas, listo para comer en porciones en el desayuno o la merienda. Este tipo de preparación lleva tiempo y es tedioso, pero por lo menos te obliga a comer, porque ya no hay que hacer esfuerzo, está todo listo.

Así, muy complacida estaba yo con mis preparativos, que me librarían de dos días de preparar fruta para el desayuno o la merienda, y pensando en mi inicio de mañana con pomelo, viéndome el sábado al amanecer, poniendome la ropa deportiva, desayunando mi fruta con una jubilosa sonrisa en la cara y levitando con la brisa hacia mis ejercicios matutinos cuando entro a la cocina y encuentro el horror:

El inmenso bol de pomelo. Vacío.

Vacío.

Nada de pomelo.

Nada de nada.

Solo un bol sucio para lavar.

La furia de los jinetes del Apocalipsis se apoderó de mi ser y marché al cuarto donde el bello durmiente se desperezaba y le espeté escupiendo espuma por la boca: "VOSTECOMISTETODOELPOMELOQUEPREPARE?!". El individuo supo entender que tocó un nervio no habitual, porque ofreció disculpas de inmediato y restituir el pomelo, yendo a comprar nuevamente la fruta. Yo solamente veía que se movía su boca, más que eso, un sordo silencio de radio. 

No entra en mi cabeza como puede alguien pensar que un bol entero de algo es para su entera consumición. No puedo comprender como uno puede apropiarse completamente de una olla, que por sí evidencia la colectividad del alimento preparado. Pero creo que es la metáfora de la cuestión la que me generó tanta histeria que debí sentarme y escribir estas líneas para compartir mi indignación con quien quiera leer.

El mencionado consorte ha prometido solemnemente no volver a incurrir en un acto de semejante abuso y egoísmo, pero yo me quedé mirando el bol vacío y pensando en la respuesta que le di a la amable lectora, preocupada por mi ausencia en este espacio:

"Casada y viva. Sigo ambas cosas"


Apenas, a veces.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Sabemos amar?

En El amor en los tiempos del cólera, Florentino Ariza se enamora de Fermina Daza cuando ambos son apenas unos chicos. Y si bien queda documentado que Florentino desde el principio ama profunda y rendidamente a Fermina, este amor no llegará a consumarse sino hasta el ocaso de las vidas de ambos (spoiler para el que vive en un termo y nunca leyó el libro, perdón). Entonces uno queda con una sensación de hueco estomacal, pensando en tanto amor desperdiciado, tanta vida regada al paso y la indignidad de la vejez como testigo final de las pasiones de estos personajes tan entrañables.

Y en estos días estuve pensando mucho en esto del amar. Está más que asegurado que todos amamos. Hasta el más vil y despreciable de los seres ama a alguien, a algo o a sí mismo.  El punto está en si SABEMOS amar.

En su éxito de ventas Los 5 lenguajes del amor, Gary Chapman habla de las distintas maneras en que percibimos el amor cuando nos es expresado por la persona cercana. Entre varios otros puntos, Chapman aclara el concepto lógico -expresado tan poéticamente por García Márquez- de que nos podrán querer con la fuerza de mil huracanes, pero si no está expresado en un lenguaje que nos sea familiar o comprensible, no sirve de absolutamente nada.

Me resuena profundamente como fallo a diario en la tarea de expresar mi amor por la gente que me rodea. Me golpea como es que los humanos somos tan egocéntricos que como mucho atinamos solamente a pensar en cómo es que no nos aman como amamos, o como es que tal o cual cosa justo nos pasa a nosotros y otras consideraciones de la injusticia de que el mundo no se mueva sobre nuestro eje. Somos una joyita, los humanos.

Lo que nos salva es un elemento tan poderoso como simple –lo cual hace que sea de difícil asimilación para nosotros que oh, todo lo complicamos-. La gracia. Necesitamos gracia en nuestras vidas. La necesitamos para nosotros y para darla a los que amamos. Necesitamos sacar la vista de nuestros ombligos y empezar a pensar en cómo podemos querer MEJOR a la persona amada.
No basta con amar. Podemos amar hasta el hartazgo, hasta el cansancio, hasta el extremo de la cursilería de angelitos rosados, moños y rococó, que si no lo expresamos como la otra persona lo necesita, no va a ser percibido. No va a servir de mucho más que para cansarnos emocionalmente y preguntarnos como cuernos es que el otro no nos corresponde tanta entrega.

A veces, saber amar es ofrecer un pecho que nos resguarde cuando la vida es simplemente demasiado. Escuchar sin ofrecer soluciones mágicas. A veces es traer de regalo una chipa para el desayuno de a quien le encantan. A veces es una comida caliente que te reciba al llegar. A veces son palabras escritas. A veces es espacio. A veces es no dejar espacios en medio. A veces es empatía.


Espero aprender a saber amar mejor. Mientras tanto, pido perdón por el amor que está allí, pero no es percibido.
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