miércoles, 9 de septiembre de 2015

Sabemos amar?

En El amor en los tiempos del cólera, Florentino Ariza se enamora de Fermina Daza cuando ambos son apenas unos chicos. Y si bien queda documentado que Florentino desde el principio ama profunda y rendidamente a Fermina, este amor no llegará a consumarse sino hasta el ocaso de las vidas de ambos (spoiler para el que vive en un termo y nunca leyó el libro, perdón). Entonces uno queda con una sensación de hueco estomacal, pensando en tanto amor desperdiciado, tanta vida regada al paso y la indignidad de la vejez como testigo final de las pasiones de estos personajes tan entrañables.

Y en estos días estuve pensando mucho en esto del amar. Está más que asegurado que todos amamos. Hasta el más vil y despreciable de los seres ama a alguien, a algo o a sí mismo.  El punto está en si SABEMOS amar.

En su éxito de ventas Los 5 lenguajes del amor, Gary Chapman habla de las distintas maneras en que percibimos el amor cuando nos es expresado por la persona cercana. Entre varios otros puntos, Chapman aclara el concepto lógico -expresado tan poéticamente por García Márquez- de que nos podrán querer con la fuerza de mil huracanes, pero si no está expresado en un lenguaje que nos sea familiar o comprensible, no sirve de absolutamente nada.

Me resuena profundamente como fallo a diario en la tarea de expresar mi amor por la gente que me rodea. Me golpea como es que los humanos somos tan egocéntricos que como mucho atinamos solamente a pensar en cómo es que no nos aman como amamos, o como es que tal o cual cosa justo nos pasa a nosotros y otras consideraciones de la injusticia de que el mundo no se mueva sobre nuestro eje. Somos una joyita, los humanos.

Lo que nos salva es un elemento tan poderoso como simple –lo cual hace que sea de difícil asimilación para nosotros que oh, todo lo complicamos-. La gracia. Necesitamos gracia en nuestras vidas. La necesitamos para nosotros y para darla a los que amamos. Necesitamos sacar la vista de nuestros ombligos y empezar a pensar en cómo podemos querer MEJOR a la persona amada.
No basta con amar. Podemos amar hasta el hartazgo, hasta el cansancio, hasta el extremo de la cursilería de angelitos rosados, moños y rococó, que si no lo expresamos como la otra persona lo necesita, no va a ser percibido. No va a servir de mucho más que para cansarnos emocionalmente y preguntarnos como cuernos es que el otro no nos corresponde tanta entrega.

A veces, saber amar es ofrecer un pecho que nos resguarde cuando la vida es simplemente demasiado. Escuchar sin ofrecer soluciones mágicas. A veces es traer de regalo una chipa para el desayuno de a quien le encantan. A veces es una comida caliente que te reciba al llegar. A veces son palabras escritas. A veces es espacio. A veces es no dejar espacios en medio. A veces es empatía.


Espero aprender a saber amar mejor. Mientras tanto, pido perdón por el amor que está allí, pero no es percibido.

miércoles, 24 de junio de 2015

El esposo, viajero

Sin inútiles disculpas y excusas que no excusan mi ausencia por estos lares digitales, procedo a contarles que el esposo siempre tiene los comentarios más hilarantes cuando se encuentra en el (en su caso) extremadamente largo proceso de despertarse y finalmente levantarse de la cama, cada día.

Últimamente, anda teniendo sueños de viajes. Y me pareció terriblemente egoísta quedarme con estos dos recuentos de las últimas ocasiones que escuché sus primeras palabras, todavía dormido, así que para su entretenimiento de mitad de semana, aquí van:

Día 1, comentario de la nada:

- Decime ya nena donde pusiste..

- Donde puse qué? (totalmente despierta)

- Mi pasaporte

- ...... yo no toqué tu pasaporte

- Si, escondiste y ahora no puedo tomar mi vuelo

Y se dió la vuelta y siguió durmiendo. Más tarde, completamente despierto, volvió a elevar falsas acusaciones en mi contra diciendo que le escondí el pasaporte (cual sería la utilidad de algo así, vaya uno a saber)

Día 2:

- Horacio, despertate que ya es tarde

- No puedo, nena, me voy de viaje

- Si? a donde?

- Es un secreto, me voy con mi papá

- No me digas, y yo puedo ir?

- No. Es un viaje de hombres

- Bueno. Traeme un regalo

- Si

Y nuevamente en profundo sueño

Ahora, acabamos de regresar de tomar el viaje más largo de nuestra vida juntos, nos fuimos un mes, y todavía nos estamos pinchando ante tamaña suerte de haber conseguido que se alineen todos los astros para lograrlo. Pero por lo que parece mi estimado consorte continúa en modo travesía. Solo me queda esperar que traiga alfajores.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Dónde comemos?

Desde el inicio de este humilde blog hasta hoy día hubo crecimientos de todo tipo y en todas las áreas de mi vida. Una de las cosas que aprendí de las que el esposo saca rédito, es a cocinar. No es así que soy la heredera de Rodolfo Angenscheidt (*), pero cocino todos los días y me gusta. 

Pero hay cosas que nunca (pero nunca jamás) cambian. Como por ejemplo que el esposo no tiene idea de donde está ninguna cosa y tiene que pegar gritos desaforados preguntando donde están cosas tan cotidianas como su cinto, una raqueta, jabón, analgésicos y así. 

Tampoco ha cambiado mi rutina de dejar ciertas cosas en lugares que irritan al esposo y viceversa, en un círculo vicioso de volvernos locos mutuamente que nada tiene que ver con las mariposas en el estómago del noviazgo.

Y otra de las cosas que no ha cambiado en estos 6 años de convivencia es la indecisión a la hora de salir a comer.

Normalmente y dado mi descubrimiento de la cocina como vía de escape ante el stress diario, comemos en casa. Pero llegado el viernes, queremos salir a probar algo que no haya sido hecho en casa y ahí vamos, cabelleras al viento (la mía, el esposo es pelado, aunque si uno lo mira fijo, puede literalmente ver como le crece el pelo), en busca de cosas ricas para comer. Hasta que llega el momento temido:

"Dónde vamos a comer?"

"No me importa, elegí vos"

"Vamos a X"

"No, no quiero irme ahi"

"Y a X?"

"Siempre nos vamos ahí"

"Y decí vos entonces"

"No sé yo, me da igual, vamos a donde quieras"

Este baile puede durar varios minutos, hasta que, irritados, no llegamos a consenso alguno y terminamos en el lugar de siempre, con pucheros en la cara.

Somos nosotros nomás? Diganme que no. Mientanme y diganme que ustedes están ahí, al mismo tiempo, dando vueltas por la ciudad, queriendo ser espontáneos y terminando en el mismísimo lugar de siempre. 

Si tan solo hubiera un manual para la espontaneidad... 

E'a.

* También conocido como El Chapori.

domingo, 6 de julio de 2014

Si la vida te da limones..

En el patio de mi casa tengo un limonero. Es un árbol viejo, que está ahí desde mucho antes que nosotros, y que creció medio torcido y da la sensación de que está a punto de caerse en cualquier momento.

Se cayó, de hecho. Un día, un tiempo después de que nos mudáramos a vivir en la casa, el árbol comenzó a dar frutos. Muchos limones. Tantos limones que no teníamos idea de qué hacer con ellos, y que dábamos a los amigos y familia que nos visitaba en bolsas rebosantes. Pero aún así el limonero seguía dando enormes limones llenos de jugo y doblando el árbol con su peso.

Hasta que un día, el árbol amaneció caído. No enteramente, pero una parte de el colapsó bajo el peso de tantos limones. Me dio mucha pena, porque estaba segura de que el árbol iba a morir. Y yo no soy particularmente conocida por mis habilidades hortícolas, así que el hecho de que tengamos un limonero vivo y dando fruto bajo mi cuidado era un verdadero milagro. Qué curioso, morir de fructífero, de próspero, de dar tanto fruto, verdad?

Entonces el esposo, machete en mano y aires de leñador, procedió a podar el árbol y quitar las ramas caídas. Decenas de frutas rodaban por el pasto y por el piso, y terminamos ese día llenando diez bolsas de limones gordos y pesados. Dí por contados los días del fiel limonero.

Pero entonces algo pasó. Pasaron algunas semanas y de repente comenzaron a salir flores blancas, chiquitas y fragantes en los muñones del árbol valiente. Y seguro como la luz del día, comenzaron a crecer nuevos frutos. Yo sé que puede sonar exagerado, pero racimos de limones crecían en lugar de uno solo en cada rama.

Esta ocasión tuvimos el doble de limones, al punto que nos malcriamos. Si queríamos limonada, era cuestión de salir al patio y estirar el brazo. Lo mismo para condimentar la comida, para cocinar, para tomar tempranito con agua caliente, para presumir del fruto de nuestra cítrica abundancia. Hasta hoy.

Hoy no hay un limón más. Ni uno solo. Me paré mirando fijo al árbol torcido y viejo que durante todos estos años nos dio hermosos frutos sin pedirnos absolutamente nada y tuve un arranque de agradecimiento y valoración. Difícilmente valoramos la abundancia cuando tenemos, porque nos acostumbramos rápido a la prosperidad. Es como que damos por sentado y por hecho cuando recibimos, y se vuelve tan rápido parte de nuestra vida que nos olvidamos cómo era vivir sin eso.

Y dí gracias por los limones y los momentos felices que nos dio ese modesto árbol. No quiero -dije- vivir dando por sentado la abundancia  que encuentro en las cosas más simples.

Y saben qué? entonces, cuando me di vuelta para entrar a la casa, vi en las ramas de arriba -chiquitas, pero firmes- un montón de florecitas blancas.


lunes, 5 de agosto de 2013

Por una letra

Una de las piedras estructurales de este blog, es el nivel de colgadez del esposo. En repetidas ocasiones hemos demostrado a través de fehacientes pruebas que precisamente la atención no es su fuerte. Y uno diría que con los años se van aprendiendo lecciones que nos permite pulirnos a nosotros mismos y no seguir repitiendo errores que nos valgan malos ratos o en el peor de los casos, papelones públicos. 

Pero si así fuera no tendría hoy una historia con la cual regalarles. Y acá va: el sábado de mañana, repasando todas las cosas que teníamos que hacer ese día el esposo informa que quiere comprarse un buzo de gimnasia, para entrenar. Como no, le digo, y partimos a hacer nuestros quehaceres de fin de semana. Dejamos la visita a la tienda para lo ultimo, y el esposo, en su mas pura expresión, decide ir a tres distintas tiendas, preguntando y fijandose con toda minuciosidad en cada detalle de cada modelo disponible en cada lugar. Salir de compras con el esposo hace que yo me vea como una dulce palomita en el mismo terreno.

Entonces, y cuando finalmente tomo una decisión, arranco el proceso de prueba. Se fue al probador, donde fui convocada repetidas veces para dar mi opinión del conjunto visto desde todos los ángulos posibles. Primero se probo el L, que juzgo le quedaba muy Jay Z, y decidió probarse el M. Nuevamente repetidas llamadas para opiniones diversas. Que si el largo sobre el tobillo, que si la costura, que la campera, que la goma. Finalmente y después de un juzgamiento digno de actas electorales, decidió que llevaría el M. Vamos a la caja, se paga, y nos retiramos.

Asi llegamos de lo mas contentos a casa. Ahora, el esposo tiene un particularidad sobre todo lo que compra: tiene que llegar y probarse de inmediato. Posteriormente tiene que pasear por toda la casa y mostrarme nuevamente lo que ya vi hasta el hartazgo en la tienda. Entonces, yo ya sabia lo que iba a suceder. Entonces estaba yo preparandome para dormir una linda siesta mientras escucho un grito atronador:

"NEEEENAAAAAAAAAAA!!!!!!" 

Corro esperando encontrar al esposo caído, alguna tragedia, no sé, y le encuentro parado en el medio de la sala agarrando el pantalón como si fuera una comadreja que acaba de matar y me informa, por completo indignado: "Me dieron L en vez de M!!!!!!"

"y bueno, habrá que ir a cambiar" le digo. No hay muchas opciones cuando pasa algo así, o uno se conforma o marcha directo de nuevo para corregir el error. 

"vení conmigo" me dice. Ahí va mi anhelo de dormir la siesta un sábado.

Subimos al auto y partimos de vuelta camino a la tienda. Llegamos y decido, no se por que, quedarme a esperar en el auto. Baja el indignado ahorcando la bolsa de compras y marcha adentro. Cinco minutos después vuelve a salir y se mete rapidísimo en el auto.

"que pasó?" pregunto.

"entre y grité que el servicio era una vergüenza y que me dieron L en lugar de M", dijo el esposo, con mirada culpable.

"y que pasó?" pregunto de vuelta, no tan segura de querer saber..

"abrieron la bolsa y me mostraron que era M. Para mi que me dieron L, pero era M. Vamos rápido, nena"


Eso me va a enseñar a mirar yo el tamaño de lo que se trae a la casa. Adiós, siesta. 
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...