Les había contado que ando haciendo dando mis primeros pasos en la cocina, con resultados no descollantes, pero definitivamente no desmoralizantes tampoco. Es un trabajo en desarrollo, y tengo que admitir que cada vez más me siento más confiada y contenta cuando algo sale bien. Debe ser algún chip que tenía adentro y se prendió ahora. Eso no significa que me vaya a convertir en Sarita Garófalo o Julia Child*, pero ciertamente quiero ir mejorando.
Ahora, el otro día me encontré recordando como pasaron los últimos días. Yo consultando a mi ilustre consorte qué le gustaría cenar y el respondiendo: “burritos, bruschettas, pizza, tarta, empanadas al horno, spaguetti, sopa” y asi.. llegaba el señor de la casa y yo tenía lista la mesa o una linda bandeja con la cena a punto. Y les digo en serio, es genial ver la cara de la gente amada cuando les gusta algo que salió de tus manos. Pero como ya sabrán los antiguos lectores del blog, el esposo no es particularmente sutil a la hora de manifestar lo que NO le gusta.
Una noche en particular entró cuando yo llevaba una hora y media preparando un relleno en la cocina y su flamante saludo fue: “acá huele feo”, arrugando la nariz y con semblante de ofendido por ser recibido después de una dura jornada de trabajo con aromas que desagraden a sus excelentísimas fosas nasales. Quise tirarle el relleno por la cara y rajar a comer Mc Donalds, sola. Pero no, me limité a mirarlo con los ojos en blanco, las manos en puños, los pelos parados y la frente sudada por el esfuerzo, y me di la vuelta, porque si le decía algo en ese momento, sin duda iba a ser alguna guasada. Y como yo creo que de la abundancia del corazón habla la boca, no quiero que mi boca sea la tapa de una cloaca. Nada menos elegante que una mujer que trate de ser espléndida y sea una bocasucia. Pero si, el rey de las sutilezas nunca fue, el esposo. Sus halagos son parcos (“esta rico, nena”) y sus críticas son letales (“esto tenía que ser así?” “se te fue la mano con la sal” “no, gracias, voy a comer pororó” “eso te vas a poner?”). Bueno, por lo menos nunca me salió con que la comida de su mamá es más rica; creo que eso sería el acabose.
Así es como llegué a una de estas jornadas, donde encontré la pileta llena de platos y ollas sucias, y poniendo manos a la obra, ataqué con detergente y esponja. Y me llegó uno de esos momentos de iluminación que llegan pocas veces en la vida. Ahí estaba parada yo, esposa CON UN TRABAJO, obligaciones profesionales, madre de dos perros destructores y demandantes, y tantos otros roles, lavando los platos de la comida que PREPARE, SERVI y RETIRE. Sentí las virtuales orejas de burro crecerme en la cabeza.
Y no voy a ser injusta, el esposo ha lavado los platos. Lo habrá hecho unas diez veces en los tres años que llevamos casados, pero lo hizo. El tema es que ahí mismo me cayó la certeza como balde de agua helada: el esposo está enfermo. Tiene que estarlo, es la única explicación.
No puede haber otra cosa que explique el hecho de que él encuentra su mesa lista cuando llega a casa (y el hecho de que yo llegue antes no hace que venga a ser apantallada mientras tomo una piña colada), y piense que yo voy a estar encantada de lavar los platos después de cenar. Nono, no puede ser que el REALMENTE piense que sería un placer para mí no recibir ningún tipo de ayuda, ya que puse mi mejor esfuerzo en hacer algo que le guste comer. Me rehuso a aceptar que crea que son duendes los que lavan su ropa, la extienden y la doblan para que el solo tenga que ponérsela después (y todavía tenga el tupé de rezongar si alguna manchita no salió). Alguien hace el trabajo que él encuentra hecho. Y es la razón por la que hoy tengo la completa convicción de que el esposo tiene algún tipo de enfermedad que le previene ver que soy YO la que lo hace. El simplemente debe creer que yo tengo escondida ayuda doméstica debajo de la mesa, o que un ejército de duendes está a mis órdenes, o los Pitufos. Sea lo que sea, el cree que es así.
Lo más curioso de ésta enfermedad es que afecta el habla, también. Verán, cuando amigos o familia preguntan qué hicimos tal día, el responde lo más pancho “cocinamos tal cosa”, o “hicimos tal otra”. Y yo me quedo con la boca tocando el pavimento, mirándolo. Su dificultad de utilizar el modo plural y su capacidad de darme el crédito desaparecen como por arte de magia en esos casos.
A veces le pido que lave los platos, a veces. Su respuesta es apilonarlos en la pileta y decirme “más tarde voy a lavar”, sentándose de nuevo frente a la tele. Es así como llega el día siguiente, y como que la bandera es tricolor, los platos siguen ahí. Pueden llegar a pasar tres días, y yo, verde de rabia, me muerdo para no tocar los benditos platos y ver si se digna a lavarlos, pero no. La pila solo sigue creciendo. Finalmente y cuando para comer solo queda como alternativa la tapa del basurero, pego el grito al cielo y me pongo a lavar. Ahí por supuesto cae él, pobre víctima de la esposa ogra, diciendo “yo AHORA iba a lavar, estaba dejando en remojo!!!!!!”. Claro que si, claro que si. Es más, hoy a la hora de cocinar, voy a dejar todo afuera, para que se aclimate a la temperatura ambiente, y mañana nomás vamos a comer.
Por eso les digo hoy, queridos amigos, que yo estoy convencida de que el esposo no querría abusar de mi o acabar con mi paciencia. Debe ser que está enfermo, verdad? Tiene que ser así, es la única explicación. Alguien sabe donde encuentro un especialista en alucinaciones de esclavas domésticas?
*exponentes nacional e internacional de la cocina.
"Podré sonar anticuado, pero quiero pensar que todas las mujeres deberían ser tratadas como quiero que mi esposa, hijas y nietas sean tratadas. Noto hoy en dia que los buenos modales -como pararse cuando una dama entra a un lugar, ayudarla con su abrigo, dejarla entrar a un ascensor primero, tomar su brazo para cruzar la calle-son muchas veces considerados innecesarios o ridículos. Estos son hábitos que yo no podría dejar, ni quiero hacerlo. Me doy cuenta hoy que más mujeres están cuidando de si mismas que las que lo hacían en el pasado, pero ninguna mujer se ofende con la cortesía.” Frank Sinatra
Hace unas semanas dije algo en mi cuenta de twitter que recibió más retweets que todas las cosas que había dicho hasta ese entonces. Lo dicho fue: “Nunca voy a entender a las feministas que piden trato igual a hombres y mujeres. Yo no quiero que me traten como hombre, porque no soy uno”. Eso más o menos sumariza el plagueo del día de hoy, pero es un tema que hace tanto tiempo baila en mi cabeza de tantas formas que necesito ponerlo por escrito de una vez por todas, para sentar postura al respecto y poder seguir adelante.
Soy parte de una generación que nació para ver la muerte de la galantería, del verdadero cortejo, del trato correcto hacia una dama. Sin considerar que para empeorar las cosas vivimos en un país donde sea por circunstancias históricas o por malnutrición devenida en lentitud mental las mujeres nunca en realidad fueron consideradas como damas, por lo menos por la mayoría de la población masculina, y más aún, por si mismas.
En un país donde por consecuencias de una guerra que cercenó a sus hombres, el esperar que se les ayude con las cargas, que se les abra la puerta, que alguien se pare cuando llegaban (como se iban a parar si no tenían piernas) es virtualmente imposible mantener un trato que normalice la relación hombre-mujer. Cómo los tesoros de la patria, los portadores de la sagrada semilla con la cual íbamos a repoblar la nación iban a ser molestados con tratar a las mujeres con delicadeza y cortesía? Eran tenidos cual jeques, rodeados por virtuales harenes de mujeres que se rompían el lomo durante el día, porque ellos no podían hacer el trabajo, y que se rompían en las camas por las noches, porque ellos ahí tampoco podían hacer gran parte del trabajo. Todo sea por recolonizar el terruño.
Pero no termina siendo todo enteramente culpa del país donde nacimos. Desde 1970, con el nacimiento de las primeras protestas y movimientos por la liberación femenina, a nivel casi global empezaron a cambiar las cosas de una forma que dio como resultado que vos y yo hoy ya tengamos por completamente normal que no se tengan cortesías con nosotras. Si algún hombre se digna a abrirnos la puerta del auto nos desmayamos en estupor e incredulidad, cuando 40 años atrás esto era considerado norma entre muchos otros comportamientos que hoy en día están casi extintos. El renegar de nuestra delicadeza y nuestra necesidad de protección en pos de conquistas que cada vez más fueron pasando los límites de lo justo para irse a lo absurdo revirtió los valores de normalidad al punto que ahora agradecemos si un hombre dice de una mujer “ella es mi pendeja”. Nos hallamos todo. Anga nosotras.
No quisiera que me malentiendan, estoy muy agradecida con las mujeres que militaron para defender mi derecho a la libre expresión de mis ideas, al voto, a usar pantalones, así como a trabajar en puestos de autoridad que antes eran exclusiva propiedad de los hombres. Eso es parte del desarrollo. Lo que no creo que sea parte del desarrollo es empezar a negar las evidentes diferencias que hay, comenzando por la propia construcción física de cada sexo. Si estamos hechas más delicadas, suaves y finas que ellos, porqué negar y tratar de igualarnos?
Me enferman las mujeres que llevaron su concepto de liberación tan lejos que borraron las líneas que nos separan de los hombres. Que no aceptan que alguien les ayude a cargar algo porque “yo puedo sola”, que se endurecen para permanecer en sus puestos y pierden toda su capacidad de dar, que se burlan de los hombres que todavía atinan a tener gestos de ternura y aducen que es “too much” para ellas, que no están listas para el compromiso cuando por ahí lo que en serio pasa es que no se animan a lidiar con sus inseguridades personales y prefieren vivir así que rendir cuentas y admitir que necesitamos unos de otros. El concepto de “sex buddies”, que tira por el suelo todo atisbo de romance, ternura, y todo tipo de razones para las que el sexo fue creado. No puedo nomás entender la idea de tener sexo porque no podés aguantarte, y que de tan igual hacerlo con un poste como con el farmacéutico de la esquina. No hay posibilidad de conexión emocional. Pero esa soy yo nomás que llegué a esa conclusión después de muchos años de haberme mandado mis propios errores que pagué con mis propias lágrimas, las que pueden hacerlo con cualquiera métanle nomás, queriditas.
Me explico, las mujeres somos seres emocionales. Cuando más se tienen en cuenta las atenciones u acciones que impliquen satisfacción emocional para nosotras, mejor respondemos. Florecemos, nos convertimos en heroínas, podemos suplir las necesidades de nuestro hogar, podemos llenar de afecto, podemos inspirar a nuestro compañero para que sea lo mejor que puede ser. Y esto no significa que el lugar de una gran mujer está detrás de un hombre, está al lado suyo, pero con capacidades diferentes, talentos diferentes, percepciones diferentes, para que cada uno brille en su propia luz, se entiende?
Si el esposo tiene detalles conmigo, me abre puertas, me corre sillas para que me siente, me hace cumplidos porque me tal día veo bien, me saca el abrigo cuando entro a un lugar, se levanta cuando llego en lugar de estar tirado cual saco de papas en el sofá, es más que probable que se disparen dentro mío instintos que me hagan querer responderle con atenciones a la vez. Nunca una galantería va a ser recibida con indiferencia. Es más, me animo a decir que, con el descenso de las costumbres de cortejo de los hombres, el caballero que se anime a tener una atención con una dama -y no solo con intereses románticos; puede ser darle el asiento a una embarazada, una anciana, y va a ser igual de gratificante para el que lo haga- va a recibir sin duda alguna muestra de aprobación o gratitud que lo hará sentirse aquello para lo que fue creado: un protector, un proveedor.
Yo personalmente, quiero que me protejan, que tengan detalles conmigo. No quiero que me traten como hombre porque no soy hombre. Y francamente, me gusta ser mujer. Últimamente hasta me dieron ganas de aprender a cocinar gourmet, les diré, acá entre nos hasta un delantal tengo. Y me siento feliz haciendo eso y saliendo a trabajar al día siguiente… se puede, equilibrio nomás. Las que no están de acuerdo, todo bien también, pero es poco probable que seamos amigas, y que por lo tanto sean recibidas en mi sala para comer galletitas recién horneadas por mi, eso nomas.
De todas las cosas que no soy, una de las cosas que más tajantemente no soy es disciplinada para el ejercicio. Esto viene a ser un poco decepcionante para mi papá, otrora velocista y ávido jugador de tenis. No sirvo mucho para los deportes, yo, nunca serví. Cuando era chica y teníamos obligadamente que elegir un deporte a la hora de Educación Física en la escuela, inevitablemente yo terminaba en el equipo de suplentes de handball, conocido recurso para ocupar a las chicas con algo mientras hasta el profesor se ponía a jugar futbol con los muchachos. Y si por algún milagro de la vida tenía que entrar a jugar (ya saben, todo el resto de las suplentes se lesionaron, era día de lluvia y se le rompió la mano a la cantinera a quien gustosamente hubieran puesto en lugar de ponerme a arriesgar a mi equipo en la cancha), entraba a hacer un aparatoso despliegue de incapacidad que resultaba en la hilaridad de todos los presentes. “Martínez, que descoordinada POR DIOS”, decía el profesor, mientras mis compañeras hacían todo lo que estuviese en su poder para JAMAS pasarme la pelota, porque invariablemente arruinaba cualquier jugada posible. Se me ha conocido por meter gol en contra, EN HANDBALL, por haber levantado los brazos gritando, con las piernas en posición de incubar un huevo y los ojos cerrados “no me pasen a mi, no me pasen a miiiii!!!!”, haciendo que la pelota rebote y caiga en el arco que supuestamente debería defender. Y bueno, una no puede ser perfecta en todo..
Así que considerando que una vez que pasan los 25 el cuerpo pierde el metabolismo de adolescente y ya no puedo comer como si fuera un barril sin fondo, y comienzan a sentirse las presiones varias, propias y de extraños, por estar en forma, me veo todo el tiempo obligada a buscar la manera de hacer algo por mi estado físico sin aburrirme mortalmente en el proceso -eso me pasa en el gimnasio- y manteniendo algún grado de disciplina que permita ver cierto resultado.
Es así como llegué, en una charla con dos de mis más fabulosas amigas (de esas que tenés vergüenza de pararte al lado. Bueno, alguien que sea menos caradura que yo, en todo caso) a escuchar que habían decidido tomar clases de danza árabe. Ahora, les tengo que confesar que mi mayor educación al respecto venía de capítulos de El Clon, una novela brasilera de O Globo que vimos allá por los 90, y de los bamboleos que Shakira hace hasta para vender huevos fritos, que embelesan a todos los caballeros. Los bamboleos, no los huevos fritos.
Entonces, y en la caradurez que trae la desesperación, decidí preguntar a mis amigas si habría lugar para mí en el grupo de la profe. Verán, son grupos cerrados, chicos, en la casa de la profe, que para mi es una de las mejores bellydancers* del país -ella dirá que no, pero es demasiado modesta-. Así es como me encontré un lunes en la sala de la profe, escuchando sonidos del Oriente, flexionando para mi primera clase..
Nos les voy a mentir, fue un desastre. Pero la paciencia amorosa de la profe me hizo no desistir definitivamente, y así llegamos a tres meses de clases. Me hace bien ir, la música te calma y salís de la clase completamente liviana, como si hubieras dejado todos tus líos ahí. Evidentemente no les comenté nada antes para evitar ilusionarles si es que me rendía ante mi completa inoperancia y dejaba las clases, pero la verdad es que estoy emocionada. Ya se que nadie más que el esposo podrá ser testigo de mis “talentos”, y creo que eso hasta me anima. No quisiera estar tratando de ser toda elongaciones y gracia y la gente partiéndose de risa.
Cada clase tiene una dificultad particular, pero creo que lo menos llevadero de todo sigue siendo mi descoordinación, que realmente a estas alturas debería tener algún reconocimiento internacional o algo por el estilo. No hay organizaciones que premian la descoordinación? Cómo que no? Que injusticia. Como voy por la vida sin echar todo lo que toco o sin caerme cada tres pasos es un misterio aún sin resolver..
Realmente la paciencia luego nunca fue una de mis virtudes, pero de hecho no solo no tengo paciencia con la gente, tampoco tengo conmigo misma.. y esta está siendo una feroz lección de paciencia. No voy a ser una bellydancer en una semana, ni en tres meses. Ahora apenas estamos logrando que no le sangren los ojos al que me ve bailar, pero si persisto, quién sabe y termino aprendiendo un arte que es hermoso y que al mismo tiempo quema calorías? Doble win.
Shukran!**
Pd: si quieren contactarse con la fabulosa Livia Cavallaro, que es mi profe, acá les dejo su fb.
-la gente que estaciona el auto atravesado usando dos lugares: viste cuando llegás a un lugar y sobra UN espacio para estacionar? es tarde, estas cansada, tenés millón cosas que hacer y te das cuenta que lo que pensaste que era tu espacio salvador está ocupado por una megacamioneta-auto de lujo-chatarra-loquesea de algún desconsiderado/a que no se molestó en tomarse 10 segundos más para poner su auto como la gente? ese tipo de cosas me hace pensar en lo que Bareiro decía: "el paraguayo no tiene conciencia del otro". Simplemente no le pasa por la cabeza que yo también tengo derecho a estacionar. Bueno, yo me tomo el tiempo. Mi auto no vas a encontrar así. Y estoy considerando empezar a llevar un clavo gigante para dejarle una ruedita desinflada al próximo que vea que abuse del derecho ajeno así. Aviso.
-los bullies del social media: En estos días me encontré con que tanto se habla del bullying y tantas son las formas de agresión o acoso que las líneas son medio difusas ya. Particularmente, yo soy una creyente de que hay que dejar que la gente se exprese, siempre y cuando lo haga respetando al otro y civilizadamente. Y salen ciertos autoproclamados (pero en conducta, porque lo no van a decir directamente jamás, para poder justificarse en su falsa humildad) gurues del social media, que desesperados ante la afluencia masiva de la gente a Twitter, Facebook o llamale cangrejo, lo mejor que se les ocurre es empezar a desvirtuar a los users novatos, calificandolos con términos que piensan que nadie más va a entender -porque ellos son tan capos que ya saben todito lo que hay que saber en el universo digital pues-. Verán, lo que quieren Jobs, Zuckerberg, los creadores de Twitter, etc., es que la gente acuda en masa. Que usen sus herramientas, que escriban de las boludeces que les interesa o de los acontecimientos que a diario cambian el mundo. Hay lugar para todos. Si te ponés a despotricar porque antes el Twitter -en tu cabecita llena de nubes de pedos rosados- era antes un lugar solo de media docena de cool people y donde todos se felicitaban unos a otros por ser los únicos cool que usan Twitter, dejame decirte que me huele a desesperación de que alguna de esas personas novatas aprenda a usar mejor la herramienta que vos, y termine teniendo más seguidores (palabra que odio y me rehuso a usar para mí. Es autoensalzante y algunos se las creen totalmente por eso) que vos. O peor, que tenga oportunidades en foros, charlas o inclusive trabajo que vos estás ocupando como si fuera que sos la única persona en el mundo que puede hacerlo. El social media es social, es para compartir, es para usar, es para conectarse. Y a mi me rompen las bolas los bravucones, en la vida real, o en la vida virtual.
-el PAP: el otro día y por primera vez en mi vida, para poder hablar con autoridad de la necesidad de hacerlo, marché resignada a hacerme un PAP. Es terrible. Es invasivo, es frío y un proceso donde la doctora te mira con cara de chupar limón, mientras te dice que "si te duele es porque no te relajás". Si, viste que es re simple relajarse mientras te meten una cañería de metal helado ahí abajo. No sé como no se me ocurrió que relajarme era la solución, perdón doctora. El lado positivo? salió todo bien.
-la gente que no respeta tu tiempo: existe algo que está en los lugares prioritarios de cosas que valoro: mi tiempo. Debe ser porque manejo tanto y durante tanto rato todos los días que las cosas que tengo que hacer las tengo que hacer rápido, y que son pocas las cosas que puedo hacer que realmente me gustan. Cuestiones logísticas, que les dicen. Si alguien me dice que me espera a las 5 de tal día, ese día y sin falta, yo voy a estar a las 5, quizás antes inclusive. Me da todo cosa la idea de hacerle esperar a alguien y que por mi causa pueda llegar a perder un compromiso o la oportunidad de hacer algo. Y todavía sigue asombrandome cuando me doy cuenta que en la mayoría de los casos no es correspondido. Hacerle perder tiempo a la gente es UNA DE LAS PEORES FALTAS DE RESPETO. Hora que lo aprendan si no se los enseñaron en sus casas.
-mi Pinterest: viste cuando ves algo en la red que te gusta tanto pero tanto que querés recortar y guardar en una carpeta, como hacíamos las nenas con el papel de cartas? bueno, algo así es Pinterest, un nuevo lugar donde podes hacer "pinning" de las cosas que más te gusta y poner en pizarras personalizadas, según categorías: viajes, moda, perros, tecnología, lo que quieras. Todo ordenadito y a la vista. Gracias a la gente de Pinterest por enviarme la invitación. Puede que esté un poquito obsesionada. No sé. Quizás. Si. Totalmente.
Una de las formas más simples de determinar cual es mi generación es contándoles cuánto me gusta Friends. La serie, que comenzó en 1994 y terminó 10 años después es una de las columnas vertebrales de mis años de soltera, fuente de risas, meriendas en sofás, y la consecuente proliferación de cafés con feeling de sala de una casa por todo el mundo. Si antes todas teníamos dos queridas amigas a quienes amábamos, queríamos tres mejores amigos que complementen el grupo y revivan lo que cada semana veíamos en pantalla y que nos hacía creer que aunque todo esté mal, aunque nuestro trabajo no sea precisamente el de nuestros sueños, aunque a veces nos rompan el corazón, podíamos juntarnos a reírnos entre todos un rato y la vida no iba a ser tan deprimente..
Mi personaje absolutamente favorito es Chandler, y hasta hoy creo que a Matthew Perry no le hicieron justicia en su industria con semejante talento y que lo único que veamos ahora es decenas de badulaques sin más capacidad que gritar motherf*cker cada dos palabras, que se hacen llamar comediantes. Por ahí algún día hago mi lista de humoristas favoritos acá, a modo de salvavidas de la memoria.
De las chicas, le amo a Rachel. Siempre le amé. No me interesa si es malcriada, o medio boba, le amo. Creo que es encantadora. Creo que su lugar era con Ross. Ross también era encantador. Les amo
Y ayer, en un miércoles cualquiera y sin mayor evento que haya propiciado, me encontré mirando videos viejos de Ross y Rachel en Youtube y echando algunos lagrimones, por mi pareja favorita en una serie en toda mi vida (ni Carrie y Mr. Big les ganan) y por los años que no perdonan. Y me pareció que lo mínimo que podía hacer era compartir con ustedes.
MEJOR beso de la historia de la tele!! (MORI)
buen juernes a todos! nos encontramos en Central Perk?